El impacto que tienen los medios de comunicación tradicionales en la vida de las personas siendo crítico.
La realidad se nos cuenta por la prensa, radio y TV mediante titulares y hechos aislados. Y aparece como un enorme rompecabezas del cual se muestran piezas sueltas. Nos llegan datos por todas partes, y poca o muy poca información cómo se relacionan entre ellos.
Crónicas de asesinatos, corrupción, el famoseo, 20.000 personas más sin trabajo, o un anuncio de mascarilla de ‘baba de caracol’. Todo puede ocupar el mismo espacio de tiempo en un medio que llega a millones de personas.
Quizás de ahí viene que todos nos consideramos capacitados para hablar de todo: el taxista sobre la prima de riesgo, el ingeniero sobre la política internacional española, el abogado sobre la utilidad de internet, etc.
Sin embargo pocas personas se paran a pensar y desarrollar una visión propia de la actualidad, del mundo en general. El resto se limita a repetir consignas y reflexiones más o menos ingeniosas que han escuchado en una emisora de radio o por la TV.
Los propios medios o los partidos políticos funcionan como una caja de resonancia entre ellos. Acuñan nuevos conceptos y consignas, que son rápidamente empaquetados y lanzados al público, en una permanente pelea por captar la atención.
Uno de las consecuencias de todo lo anterior, que pesa sobre la sociedad como una losa: la percepción de que nadie puede mejorar las cosas, de que todo es complejo y relativo, de nihilismo, de que la vida pasa cada vez más rápido sin tener control alguno sobre ella. De que nadie cree en nada en definitiva.
El ‘Paren el mundo, que me bajo’ (atribuido a Groucho Marx) está bien como pataleo. Pero de forma realista ¿estamos condenados a no comprar más periódicos ni ver más TV si queremos mantener la cordura?.
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